Ácido sin Ribonucleico

Nunca obedecí ninguna ley, menos las de él

11:58 Wilander Dávila 6 Comentarios Etiqueta:

Este cabrón fue a hacerse una rinoplastia sin respetar las leyes de Murphy.

Al igual que las palabrotas y las imprecaciones, pensar que la ley de Murphy (y no nuestra incompetencia) ha sido la autora de nuestras desdichas, ayuda a desahogar la rabieta. Sólo eso. La Leyes de Murphy son un conjunto de postulados seudocientíficos, utilizados por cabrones de todo el mundo para justificar su continuo y total fracaso en cualquier cosa o tarea que emprendan, desde el simple hecho de evitar que se caiga un pan de sándwich al suelo, hasta encontrar a Osama Bin Laden.

¿¿¿"Lo que puede salir mal, saldrá mal"??? Esta frase fue popularizada por el escritor de ciencia ficción Larry Niven en varias historias sobre mineros de asteroides, que tenían una religión y cultura que incluían el miedo y la adoración del Dios Finagle y su profeta demente Murphy.

Murphy debe de haber bailado la danza de la lluvia.

Son las 11:00 a.m. A mi lado izquierdo tengo dos tazas, una es de café. Y el clima... Quise decir: el tiempo. Daniela siempre me corrigió eso. ¡Wilander no es clima, es tiempo! Está bien... Y el tiempo... ¡Mierda! Me encanta el veneno del tiempo. La costumbre de ver aquellas montañas por mi ventana, aquellas que están siendo atrapadas por neblina, como si se tratara de una capa, como esas que llevan los superhéroes, o aún mejor, una súpercapa gigantesca. Es el cielo en una batalla épica, tratando de adelantarse al tiempo, pero no al tiempo de aquél tiempo que fue corregido anteriormente, sino del tiempo que pasa, el tiempo que sigue, ese tiempo que se mide en segundos, minutos y en horas, el mismo que utilicé para señalar la hora en la que surgió todo este pasto.

Finalmente, gana lo cotidiano de la mano con su monólogo: lo básico.

¿Qué esperaban? ¿Un final feliz? 

Yo también.

Sin darme cuenta mis puños arden de un rojo cereza y las numerosas lágrimas -que por cierto son inexistentes- se deslizan por mis mejillas haciéndose más cada vez a la par de mis golpes a la pared de concreto que me encerraba en esta maldita burbuja de aislamiento social. Por supuesto, debía controlarme pero mis pensamientos y mi imaginación rara vez acatan las órdenes que ordena vagamente mi cerebro. Me sumí en una gran oscuridad y justo allí observé otro mundo, con visión, en los que se reflejaban claramente mis testículos llenos de ira como si se tratara de un gran espejo, debía darle un fin a su atorrante juicio. Le quería, sin duda, pero eran más las rabias que traía a mi vida por cosas innecesarias que las felicidades que me ofrecía. Quizás sea demasiado egoísta como para entender que seré feliz con o sin su presencia. O quizás demasiado ciego como para notar que cualquier palabra emitida por sus labios me daba ganas asfixiantes de tornar sus cuerdas vocales en las grandiosas cuerdas de un chelo como en aquel programa que vi una noche de esas donde los sentimientos me abrumaban. 

Como aquél día, cuando conocí a una chica que estaba llorando afuera de un bar. La invité un trago, aceptó un mojito, y le presenté a mis amigos. Estaba incómoda, inquieta, y no por nosotros. A los 20 minutos me pidió dulcemente que la acompañe a la casa. A las dos cuadras nos besamos, a la tercera nos calentamos. El portón de un garaje hacía ecos incómodos. Estaba furiosa. Sus ojos miraban fino y con lágrimas. Odiaba mucho a alguien. Yo sólo era el placebo. Escucharla pasó de ser excitante a incómodo. Se prendieron algunas luces de los edificios, nos silbaron, nos gritaron. Ni bien terminamos me pidió sencillamente y sin vueltas que la acompañe de nuevo al bar a devolverle la llave a su novio que trabajaba en la barra. -Anda tú, no le pagué el mojito

No sé dónde está mi felicidad pero sin duda es lejos de este lugar y toda su repulsiva gente. Tal vez me arrepienta de mis palabras. ¿A quién engaño? Jamás me he arrepentido.

Pero, igualmente, qué bien sienta echarle la culpa de todas nuestras desgracias al profeta demente Murphy.

Al contrario de algunas teorías, Murphy no es el policía tipo colador que terminó trabajando como Robocop tras una pequeña cirugía reconstructiva. Después de una larga investigación, se ha podido determinar (no con certeza, pero sí con porfía) que Murphy fue un trabajador de una planta conservera de atunes ubicada en el puerto de Hamburgo, Alemania. Murphy desarrolló gran afición por la grasa de morsa tibetana, lo cual lo llevó a la obesidad. Poco después Murphy, sin dinero y sin nada más que su propia vida, de la cual tampoco podía disponer, tomó su viejo cuaderno y escribió: "Mis leyes...", momento en el cual le vino un infarto al suyocardio y murió instantáneamente. Un físico que iba pasando descubrió el cadáver y luego de registrarlo agarró el cuaderno, el cortauñas y el Red Bull y se marchó cantando desafina'o un coro que aquí les traigo... perdón, me distraje. El asunto es que el físico encontró las anotaciones de Murphy, le hizo sus aportaciones propias y las publicó bajo el nombre de "las Leyes de Murphy", el cual fue un éxito de ventas y lo sigue siendo. 
¡Vaya, que suerte que aún no haya nacido Murphy, si no, este árbol sería de sandías!
— Isaac Newton sobre la incompatibilidad cronológica de las manzanas con Murphy.

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6 comentarios

  1. Creo que ya tengo una idea para mi tesis

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  2. En "la paradoja del gato y la tostada" esa ley se cumple no?

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    1. Recientemente, se han encontrado escritos con sus últimas investigaciones, las que nos revelan una verdad irrefutable. En vista de la ley de gato-siempre-cae-de-pie, y de su ley de la-tostada-siempre-cae-por-la-mermelada, llegó a la conclusión de que un gato, con una tostada con mermelada bien pegada a su espalda (con la mermelada hacia afuera y la tostada del mismo peso exacto del gato), volará (y girará) infinitamente, ya que la gravedad se encontrará increíblemente confundida.

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