Ácido sin Ribonucleico

Frivolidad de medianoche

17:31 Wilander Dávila 2 Comentarios Etiqueta:


De nuevo me encontraba bajo aquel nublado cielo, apenas anochecía para el momento en que estuve completamente desolado, me sentí cual bosque a medianoche. El único sonido presente era el del arrastre de mis botas chocando con el suelo y el maullido suave de un gato que había decidido seguirme, intenté ser sigiloso pero el estruendoso ruido se colaba entre el silencio que inundaba el lugar, y con las manos en los bolsillos decidí buscar mi papel de actividades por hacer y mi bolígrafo.

¡Oh!, como quisiera haber prestado más atención en ese momento. 

Proseguí a leer y ojear de arriba hacia abajo, primero transversalmente. Succionaba aquel suave veneno al cual era adicto hace años ya. 

Mi mente era un torbellino de situaciones, saltando de una a otra, dejando ideas, fantasías y memorias incompletas con el deseo de escapar de ellas. 

Luego de un rato caminando sin rumbo alguno caí en cuenta que no se puede escapar de lo que se encuentra dentro de uno mismo, a pesar de que eso nos hiera. El ruido de una manivela me exaltó sacándome de mis pensamientos pero no le di importancia, hasta que noté que el gato había desaparecido y el ruido se hizo más estruendoso y molesto que mis propios pensamientos. 

Al girarme me encontré con una figura que triplicaba mi tamaño, estaba formada por partes de alumbrado público característico de la zona y quién sabe qué más cachivaches antiguos con aspecto metálico. Su voz era sutil, fácilmente podría ser atribuida a algún personaje creado por Lovecraft o Poe, y retumbaba en cada uno de mis órganos infundiendo miedo a los mismos de manera instantánea. Me miraba extrañada y con una sonrisa burlona, al ver mi rostro helado por el horror, preguntó por mi madre. Claramente, conocía mi situación y mis sentimientos, pero ¿cómo habría de saberlo si no era más que un monstruo? 

Era Francy.

- ¿No deberías estar estudiando? - Me dijo.

- Y tú, ¿no deberías estar durmiendo?

Qué extraño como las cosas más hermosas y complejas de la vida suelen parecer tan triviales. Ciertamente nada es trivial y en el transcurso de nuestro recorrido, lo había confirmado con cada segundo que pasaba. Y allí estaba ella, cantando su canción favorita para mí y señalando los objetos astronómicos que brillan con luz propia, esas esferas luminosas de plasma que mantienen su forma gracias a un equilibrio hidrostático de fuerzas y a su propia gravedad. ¿Eran estrellas? Esas que históricamente se agrupan en constelaciones.

Una de esas estrellas, una muy brillante, ganó nombre propio. La llamamos "Franjo 11". Es la conjugación de sus iniciales y las mías y el número correspondiente a la misión del Apolo 11.

Y allí permanecí, estático.

Sin preocuparme de si pierdo o no pierdo el tiempo, de si me queda por leer tal o cual tema, si quedan tres o cuatro días para el siguiente examen. 

Simplemente no me importa.

Soy muy consciente de que no es más que el mecanismo que arrastro desde siempre; a mi subconsciente le parece que si no tengo cierto grado de estrés no voy a llegar a terminar nada de la lista de tareas pendientes. El subconsciente es más "inteligente" de lo que pensaba. 

Oh, rayos.

Me paso el día mirando el reloj, diciendo en mi cabeza "Ven, mamarracho, ¡apúrate!" para conseguir hacer esto, y lo otro, y lo de más allá. Y siempre quedan cosas por hacer. Lo bueno es que estoy mejor que el año anterior; puede parecer una tontería, pero estoy guardando ratos para leer todos los días y escribir, mierdecillas como estas.

Sin previo aviso, se han esfumado tres meses de este año delante de mi escritorio. ¿Dónde mierdas está la caracola mágica cuando urges de ella?

Realmente, yo quería escribir una entrada cachonda con todas las cosas que se han ido acumulando en la lista de pendientes durante todo el tiempo en que he estado clavado en la silla. Algo nórdico. Algo poco habitual. O qué se yo... Algo vago, eso que uno se imagina en la madrugada. Todas las maravillosas y necesarias cosas que voy a poder hacer cuando esté libre. 

Pero no estoy de garbo. A veces - por no decir siempre - ocurre. En un momento dado nos apetece mucho hacer algo y, unas cuantas horas después, parece que las ganas se han escurrido por debajo de una puta puerta.

Este trimestre va terminando. Y yo me siento diferente. 

Será porque el corazón va teniendo sus cicatrices, tal vez porque de golpe se impone la certeza de que solo me quedan menos de tres años. Porque el niño que habita dentro de mí está creciendo a marchas forzadas. Y eso a ratos me gusta, y a ratos no. Me miro al espejo y me agrada lo que veo. Me siento fuertemente terco, con índole, me siento yo. Me siento a mí mismo realmente dentro de mí (después de todo, lo pequeño cabe en lo diminuto). 

Soy lo que durante mucho tiempo he querido ser. 

Pero a veces, cuando el sol se pone y se calla el viento, resuena una voz en mi cabeza que me recuerda todo lo que ya no seré. 

Todos esos objetos maravillosos que cuando era niño miraba desde los pasillos del supermercado, con los sueños infinitos, confiando en que un día sería valiente, grande, mayor, y me los llevaría a casa. De pronto alguien chasquea los dedos y yo ya soy grande, mayor, algo más valiente, pero sigo plantado delante del mismo pasillo, y muchos de esos objetos ya no están. Se convirtieron en arena mientras esperaban.

Han pasado tres años. 

Todavía me quedan tres. 

Y una vida por descubrir planetas.

- ¡Vayámonos a dormir, Francy!

- Linda noche.

La frivolidad es el paraguas bajo el que nos refugiamos los que tenemos el corazón desnudo

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2 comentarios

  1. Bajo aquel cielo yacíamos iluminados únicamente por las brillantes estrellas y las luces incandescentes típicas de la ciudad que habitamos. Los paisajes efímeros que podíamos observar eran una delicia para la vista.

    Aunque, para ti no. Eres un ciego.

    ¡Te amo ciego! <<<<<<<<<<<<<<<<<33333333

    Francy, primera terrícola en observar Franjo 11.

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    1. No había visto este comentario, sé que me matarás... Y Franjo también, pero, nos vemos después de la muerte. ¡Abracitos!

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