Ácido sin Ribonucleico

Hora feliz

17:56 Wilander Dávila 4 Comentarios Etiqueta:

 

Estaba en mi velorio. Una sala linda aunque es de esos lugares donde quieres ir la menor cantidad de veces. De lo posible nunca. Cuando me quedo solo delante del cajón veo que entra la Parca.

- Disculpa, pensé que no había nadie.
- ¿Eres la muerte? 
- 6 días a la semana.
- ¿Y el séptimo?
- Tengo una banda heavy.
- Típico, ¿escribes sobre tu trabajo?
- Mayormente.
- Pero, ¿esto no se puede negociar?
- No. 
- Aunque sea unos minutos. Para poder asustar a los compañeros.
- La última vez me jodieron.
- Pero es un segundo.
- Te puedo dar un pestañeo o un movimiento de brazos. Nada más.
- ¡Listo!
- ¿En la misa?
- Sí.

Cajón abierto. Misa. El cura está pronunciando las últimas palabras y se levanta mi brazo derecho y cae arriba de las velas. La gente empezó a gritar y un viejo que se jubiló hace dos años se desploma contra el suelo. Llamaron una ambulancia pero no hubo manera. En eso siento que me silban desde atrás de una lámpara y la Parca me dice:

- Se nos fue la mano.
- Sí.
- ¿Vamos de nuevo?
- ¿Te parece?
- Sí, pero en otro lado. 

Hoy. Después de mucho tiempo. Salí con tener a dónde ir. En una época no muy lejana, algunos años atrás, salía, simplemente a cualquier lugar. Tomaba un bus que no conocía en una esquina cualquiera y viajaba mirando gente, chicas sobretodo, que subían y bajaban, escuchaban música o leían pero siempre con un destino y en su mundo. Y lamentaba profundamente no encontrar algún otro u otra que estuviera haciendo lo mismo. Que me acompañe todo el recorrido. Todas las personas que subían se dirigían a un lugar y yo sentado siempre en la misma butaca los veía bajar, y con convicción, agarrar para uno u otro lado. Como un reflejo automático. A veces incluso llegaba a ver en la casa que se metían, y hasta quién los recibía en la puerta.

Observaba... Observaba...

Cuando me detenía, pensaba en lo frágil que es la vida.

Ver cómo las hojas caen en un vaivén de los árboles hasta chocar con el frío suelo, ver la luna - tan llena de vida -, ver cómo las estrellas están tan lejos de nosotros, que incluso la luz de las más cercanas tardan años en llegar a nuestro Sistema Solar, la más cercana, Alfa Centauri, está a unos 4,25 años luz, y la más brillante, Sirio, a 8,6, esto quiere decir que si se me ocurre detonar miles de cabezas nucleares hoy mismo en Sirio, no se vería en la Tierra hasta ocho años después (cuando ya nadie, seguramente, se preguntaría de dónde diablos robé las cabezas nucleares y por qué se me ocurrió la peregrina idea de estrellarlas contra una estrella).

Incluso algunas cosas que suelen considerarse negativas tienen cierta belleza que me embriaga totalmente, como la lluvia, una de mis cosas favoritas. Yo, viéndola desde un punto bastante fantasioso, viene cargada con tantas emociones. Verla caer y chocar es cómo presenciar la creación de un mar de melancolía que ha de ser sentido por quién la mire, mientras que sentirla deslizarse por cada centímetro de mi enano cuerpo es resucitar un puñado de emociones en las entrañas haciéndome sentir una felicidad que hace bailar a mi corazón, o bueno, una danza arterial, una paz tan grande que me hace creer que nada importa y, sobre todo, una preciosa pero inexplicable libertad.

Tal y cómo ocurre con las cosas que he descrito anteriormente, ocurre con las personas. No hay más que agregarle a esto.

Pero hoy fue distinto. Hoy hice todo el recorrido junto a la Parca de una línea que no había tomado nunca, hoy no pensé. Miraba solamente afuera del bus por la ventanilla, fijo a los carteles de los negocios. Hoy llevaba una caja, una mochila del Capitán América y la vista perdida. Hoy teníamos dónde bajar y alguien esperándonos, hoy tenía que cumplir un horario. Tenía que presentarme. Tenía una obligación. Por eso pasé de largo, vi la puerta en la que debería haber entrado. Hoy fue mi peor viaje en bus.

Y como siempre la Parca terminó bromeando conmigo, llevándome y dejando a los otros para hacer reír al destino. Que en forma de decisiones llevó a los hijos y los nietos a vivir mejor. Con sus propias predicciones. Con su verano cambiado. Riéndose de todos.

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4 comentarios

  1. Quisiera un amigo como la parca, no por el fanatismo a la mitología romana, sino por lo genial que se personifica en tu relato.

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    1. Tengo que presentártelo, se caerán muy bien.

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  2. Bonito artículo Wil.

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