Ácido sin Ribonucleico

Anencefálicos

15:30 Wilander Dávila 6 Comentarios Etiqueta:


Después de un ingente tiempo, vuelvo a conocerle la cara a mis compañeros de clase. El conector pegajoso luce igual, caquéxico, sin pellejo. El dúo afebril sigue cortante. Los demás sin mudar piel. Los cachetes de Mamá Blanca creciendo. Y no me acordaba de aquél hombre o mujer, creo que antes era uno, pero hizo metamorfosis. 

Qué genial, creo que nada ha tenido cambios importantes, excepto en mí: utilizo las gafas para cubrir las ojeras, a veces gorro para simular la alopecia y camino rápido para pasar desapercibido entre tanto susurro albañil.

Intentaré volcar en palabras la sensación de inquietud que en ocasiones brota en mí. 

No sé si es melancolía, ansiedad o soledad. O una mezcla de las tres. Es una sensación que, en primera instancia, me impulsa a querer desaparecer. Pasado ese punto, se convierte en la idea, clara y nítida, de que soy un espectador de lo que le ocurre a otra persona. Una especie de desdoblamiento. 

Una vez estando en ese sitio, blanco, limpio, dónde el único mugre es su gente brumosa, no quiero salir de él. A pesar de que siento ganas de desaparecer, de que me convenzo de que la existencia es un gran vacío adornado con una variedad de cosas para hacerlo atractivo. 

Pero sé que no ocurrirá nada, que la nube se disipará. Que me levantaré de la silla, escupiré el video-beam, saldré de este lugar y caminaré. Y en cada paso, la nube se disipará un poco más. Volverá a ser una imagen amorfa y borrosa, a agazaparse a algún lugar de la mente, hasta que algo más la vuelva a llamar y regrese, de nuevo, a enrollarse sobre mí.

¿Hasta dónde vamos a llegar? Con el armario lleno de comida para exacerbar esa plenitud, con la estufa a toda potencia, utilizando manga corta, con una familia que nos mantiene y con cero obligaciones más que la de estudiar.

¿De qué nos quejamos?

No recuerdo examen en el cual no hayan dramatizado sobremanera la vida de estudiante. Me faltarían dedos en las manos para contar el número de resoplidos que han dado este día con el examen de Clínica II, los signos y síntomas según segmentación anatómica, el gastroduodenohepatobiliopancreático y los mecagoenlaputaestoyhastaloshuevos que he escuchado.

Me pregunto yo, ¿realmente es para tanto? ¿Sufrimos tanto los estudiantes?

Cuando se acercan los exámenes el número de mártires aumenta exponencialmente. Ellos son de los que ponen en las redes sociales una foto con los apuntes y una frase límite: “o me matan o me mato”.

Han hecho de la queja un deporte nacional, se quejan por puro vicio.

Tienen miedo a ganar. Les tiemblan las canillas. Les sudan las manos. Sueñan con relojes parados.

La deshonra no la lava el jabón. Les tizna la cara y no se les va el rostro de sus almas por mucho que se empeñen en ocultarla. Es como un estigma. Como una mancha. Como una lepra. Persiguen la fama para profanarla y los convierte en malditos.

Hay borrachos tirados por las esquinas de los olvidos con más dignidad, que estos cabrones a los que les pintaron la cara y los mandaron a la pocilga de los deshonrados.

¿En qué nos hemos convertido?

Lo digo con cariño, pero lo digo: los estudiantes somos unos mierdecillas. Y aquí no se libra ni el apuntador. Nos quejamos por todo y además con teatralidad. Hemos hecho apología de un vicio.

A un niño no se le puede decir que el agua ebulle a 100 grados y no a 99. No está mal creer que Zeus manda rayos desde el cielo ni que Horus lucha contra Set día y noche, sí, en realidad son cosas muy bonitas, pero no se deben mezclar con la ciencia. La ciencia es otra cosa, la ciencia es lo que nos acerca a la comprensión del cosmos dentro de un exhaustivo método científico.

Serpientes que hablan y dan manzanas, bestias que bajan de los cielos, gente que resucita y camina sobre las aguas, está absolutamente PROHIBIDO poner en duda todas esas hipótesis bajo riesgo de caer en el pecado, excomunión, infierno o muerte horrible y se convierten en tesis y “leyes naturales” como por arte de magia: “llueve porque la Virgen del Rocío quiere”, “he aprobado la asignatura porque le puse una vela al Cristo de Medinaceli”, “no he quedado embarazada porque llevaba una estampita de San Cayetano”.

Que la nota de glamour haga media con otras disciplinas científicas es como si el cerebro de un niño fuera una olla de lentejas a la que le añades como toque maestro una cucharada de nutella. Esto va para ti, showsero y adeptos conservadores que les encanta las lentejas con nutella, sabelotodos del trasfondo perianal, hijos de médicos, cabroncillos con testiculitis clavicular, amiguita del docente y pendejo perigüeño, por favor, un respeto a los que tenemos cierto gusto espiritual y académico.

Porque por un estudiante de medicina que sea un total cabrón y mamón, nos tachan a todos así.

Tan sólo quiero un meteorito como solución científica para mi clase. Así, me asomo al mundo sin miedo a perder el encéfalo.

Y hasta aquí mi análisis pedorro, poco sabiondo y quejico del día.

HUMANO, TAMBIÉN PODRÍA INTERESARTE:

6 comentarios

  1. Amor eterno a tu sentido de humor.

    ResponderEliminar
  2. Solo dire que el fondo del saco de Douglas ha puesto en ti todo lo que alguna vez he querido escribir...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esa extraña sensación también la he vivido, no con el Fondo de Saco de Douglas, sino con el Triángulo de Traube.

      Eliminar
  3. ¿Cuentas como quejico al quejarte de esto?

    ResponderEliminar