Ácido sin Ribonucleico

Melancolía

16:57 Wilander Dávila 2 Comentarios Etiqueta:


No me di cuenta del momento en que corté amarras con la vida. No recuerdo si fue en la infancia o en la adolescencia, pero cuando llegué a la edad adulta ya conocía mi propensión a la fuga. Me he dejado llevar por la corriente de los acontecimientos, tomando las cosas como vienen, casi sin intervenir; pero buscando momentos para el aislamiento. 

Le agarré cariño a disfrutar sin compañía. Mis actividades favoritas se hacen en solitario: ver ciencia-ficción, beber, rock, videojuegos, leer y escribir. Decido escribir. Así puedo espantar las moscas del aburrimiento. Más por desgano que por otra cosa. Es como bajarme de mi rutina, se convierte en la rueda de mi jaula de hámster. Me subo a ella y corro (escribo), como desesperado, sin ir a ningún lado. Un ejercicio útil únicamente por catártico.

No tengo una historia prefabricada. Voy a contar las historias que he oído o vivido, que poco a poco he colectado. O escribo para alguien que muchas veces no lo lee, no sabe que vivo o que muchas tantas no existe. Así pensaba una vez que estuve de viaje: colectar historias y después tejerlas. Desdoblarme un poco, salirme de mí para poder ver la historia como si estuviera en el cine.

Otra idea de colectar historias es: ir viviendo las historias que imagino. En lugar de imaginar una historia y escribir luego sobre ella mezclándola con experiencias anteriores, se me ocurre que imagine alguna traza de la historia y luego me lance a vivirla, para después escribirla. Si es factible. Puedo imaginar que salgo de viaje a cierto destino, luego ir ahí sin plan previo y comenzar a derivar, buscando el encuentro de la historia, interactuando con ese lugar, buscando arrancar la historia, y seguirla por donde me lleve. 

Y por qué no, también puedo escribir sobre ciencia. Sobre el espacio. Escribiendo coloco a prueba mi capacidad de rehacer lo que ya estaba dado o de inventar lo que nadie antes ideó. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.

La única actividad social que busco es la sexual. Pero me agota el protocolo que hay que seguir para llegar a la cama. No entiendo como aún se amalgama el deseo al amor, idea que causa desgaste y frustración. 

Con el paso del tiempo, esta necesidad de aislamiento se ha incrementado y cada vez es más complicado compaginarla con una “vida normal”. Porque hay que guardar las apariencias para no ser tachado de loco o antisocial, para seguir teniendo una mano de cartas en la mesa de juego. No quiero analizar sobre la causa de esa tendencia al aislamiento. Me he formulado varias hipótesis, todas ellas plausibles, pero no quiero perder tiempo en explicarme algo que disfruto. 

Muy en el fondo, sé que en algún momento llegó a mi una espora de la melancolía, que se instaló en mi mente y extendío su dominio lentamente. Hizo metástasis. Esa melancolía latente se manifiesta en un impulso autodestructivo. Puede estar en calma por largo tiempo, y después despierta, con un brote vertiginoso, como un latigazo. He aprendido a vivir con ella, pero cada vez es más demandante. En ocasiones sé que duerme y yo la invoco, la incito, y entonces siento como despierta y me muerde, esparciendo su veneno azul por mi torrente sanguíneo, inundando mi cabeza con una neblina azulada. Otras veces, como ahora, está sentada a mi lado, mirándome, siento su presencia y su aliento tibio. Me mira, segura de que volveré a ella, que la abrazaré nuevamente, con fuerza. Que le pediré que me lleve a un viaje, donde el retorno es dudoso, pero la locura está garantizada.

No importa. Déjame solo. Lo disfruto.

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2 comentarios

  1. Después de todo no estás tan solo, te acompaña la melancolía... Juega con ella Doc.

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