Ácido sin Ribonucleico

La tentación de recordar girasoles

01:24 Wilander Dávila 0 Comentarios Etiqueta:


Aún lo recuerdo...

Era un sábado, de aquél ni pendiente año. Llenamos con cerveza los huecos, esos que va dejando la certeza. Blanca y rojita. Secreto y tesoro. Secreto que se devela en temblores húmedos. Un maremoto compacto y lleno de luz. Así es ella. ¿Quién lo iba a imaginar?

Llegó a mí como un meteoro, un evento impredecible que escapó a los pronósticos del clima. Me encontró con la guardia baja, sin ánimos de resistir. Y fuimos tejiendo juntos una red que al principio parecía amorfa, y que poco a poco fue cobrando forma para cubrirnos por completo. 

Se coloca rojita, pero es la súbita afluencia de sangre a su cabeza. Entonces esquivo el torbellino de la caída en espiral. Floto con las tablas del aislamiento y del auto-abandono. Habito una ostra mental, un estado solitario. Aún hay tinta saliva y humedad, aún queda un aliento tenue que centellea, tímidamente. Una chispa apenas, la semilla de un gran fuego.

Sustituimos las caricias por algo más. Que no saben igual, pero curan mejor. Fue una noche sin oscuridad, pues el roce de nuestros cuerpos emitía la chispa de un fuego que letalmente nos abrasaba. Esa noche era un fuego renovador que destruía viejas huellas, de amores que pasaron por nuestras pieles. 

El fuego hacía crujir nuestros cuerpos, arañando el manto de silencio nocturno, que acababa de romperse con el rumor agitado del deseo cumplido.  Ese fuego dejó brasas en nuestros ojos que brillan en la oscuridad, de estas noches ordinarias que no volverán a ser igual.

No queríamos resistirnos a la deriva de las olas que veíamos crecer en el vaivén de nuestros cuerpos. Nos tomábamos de la mano buscando un asidero, aunque estaba claro que íbamos en caída libre, en una espiral mortal y excitante de un deseo desenfrenado y prohibido. 

En la sombra fuimos construyendo algo que no estábamos seguros de lo que era. Sólo sabíamos que parecía un oasis, un sueño dulce y agradable del que no queríamos despertar. La realidad, benevolente, nos daba tregua, y dejaba que echáramos a volar cometas: metáforas de sueños ambiciosos, que competían con los sueños infantiles por su temeridad y fortaleza a toda prueba. 

Estallamos juntos, varias veces, y nos fuimos pulverizando en cada una de ellas. Cada vez era más agotador el regresar a la normalidad, a la vida cotidiana. Entonces, de común acuerdo y en un arranque de sensatez, nos dijimos adiós, extirpándonos del cuerpo y de la mente, un órgano aún no identificado, pero que aún nos duele, con el dolor fantasma del miembro del cuerpo amputado.

Hoy caeré en la tentación de recordarte. De cerrar los ojos para volver a verte desnuda. De recrear el sabor de tu boca, de tu cuerpo. Cerraré los ojos, esperando escuchar de nuevo tu voz, entrecortada por los trámites del placer. Cerraré los ojos para recrear la imagen de tu cuerpo arqueado, atravesado por la tormenta eléctrica de un orgasmo. Hoy me dejaré caer nuevamente por la espiral a donde me lleva tu recuerdo.

No nos hemos vuelto a ver, ese dolor fantasma eres tú en mí y viceversa.

Es la tentación de tu recuerdo... El recuerdo donde gira(nlos)soles.

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