Ácido sin Ribonucleico

Algo sobre mí...

¡Hola!

 Mi nombre es Wilander.

Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó. También hallé el gusto de mis padres por el heavy metal, pues mi nombre se pronuncia con diéresis.

Fui rockero, metalero, dark, emo, punk... Pasé indefinidas horas frente a mi computadora investigando lo subjetivo, lo poco habitual, lo ordinario, lo infrecuente y hasta la vulnerabilidad en los juegos triviales, plataforma, aventura, armas... Fue así como el Cheat Engine, el Fiddler Web Debugger y otros softwares con capacidad de alteración en tiempo real, se convirtieron en mis mejores aliados durante esos episodios de noctambulismo.

No fui un tramposo, sino ¡un puto desquiciado por los juegos! lo admito. (Aún lo soy, jeje).

El saldo: computadoras dañadas, bloqueo de IP en diferentes servidores digitales, baneo temporales y permanentes en los juegos, denuncias en google, el odio de la comunidad gamer y de su staff, uno que otros enojos de mi papá y una exquisita miopía.

En lo último, nótese mi sarcásmo.

¡¡Tan sólo era un carajito de 12 años!! Un carajito con doble C: ciego y cejón.

Me intriga saber en qué punto me encontraría en éste momento, si hubiese continuado con ese rol.

El cambio surgió en mi trayectoria para obtener el título como T.M. En Laboratorio de Análisis Clínicos.

Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de cuarto año. Cuando terminé el bachillerato y entré en la universidad, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.

Leer ficciones me sirvieron para dilatar, para ensanchar, para darme experiencias que jamás tendré, para ampliar mi vida y para hacer creer que esa existencia efímera que es la nuestra se prolonga vicariamente y a cada instante en otros individuos y en otras situaciones. Me sirvió para frenar la muerte y para contener el miedo, esas insidiosas amenazas que están siempre presentes. 

He frecuentado novelas y vidas, narraciones y avatares de otros, he conseguido burlar esa existencia breve que el azar le da, porque un minuto de su vida es varios y distantes, multiplicados y distintos. He dialogado con muertos y con vivos, con seres reales y con caracteres imaginados, he conversado con contemporáneos y con antepasados, sin que barreras temporales ni espaciales detengan.

Leyendo he emprendido viajes para los que no hay fronteras ni nacionalidad ni lenguas, visitando un mundo posible que es más ancho y más secreto que el que rodea efectivamente, porque ese mundo de ficción es populoso y alberga todos los mundos y quimeras que lo preceden.

Sin embargo, escribir me encanta más.

Escribiendo coloco a prueba mi capacidad de rehacer lo que ya estaba dado o de inventar lo que nadie antes ideó. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.

En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado años aprender a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez. 

Aunque, siempre había querido dedicarme a la informática, pero como a muchos, empezó a cuajarme la idea de ser médico y al final acabé metido en este berenjenal.

¿Entré por vocación? Pues la verdad es que nunca he creído en eso de la vocación. En las series de televisión y las películas de Hollywood vende mucho, pero la vida real no funciona así.

Siempre me ha gustado esa sensación de bienestar que siente uno al ayudar al prójimo y pensé que canalizarla a través de la medicina sería una buena opción.

Empecé la carrera ilusionado con las clases de Anatomía y las disecciones pero, sin duda, lo mejor fueron las prácticas clínicas. Poder ir a un Centro de Salud y que un paciente me dijese “espero que aprendas mucho conmigo” fue toda una inyección de confianza.

Desde ese mismo momento se disipó cualquier duda que pudiera surgir en mi mente sobre si estudiar medicina era la mejor opción para mí. Y es que cuando te dedicas a lo que te gusta y te apasiona, deja de ser un trabajo y se convierte en una forma de vida que te aporta felicidad.

La palabra vocación prefiero reservarla para aquello que, conociéndolo y habiéndolo probado por mi mismo de antemano, realizo a gusto siempre que tengo la oportunidad, incluso anteponiendo otros quehaceres.

Por ello, a medida que aprendo más medicina, siento que mi vocación aumenta.

Es una carrera de fondo. Con un poco de constancia y esfuerzo todo el mundo se la saca, pero existen momentos difíciles que empañan la confianza y seguridad en uno mismo.

¿Sirvo para esto?
¿Es este mi lugar?
¿Me gusta realmente la medicina?

¿Te suenan estas preguntas? Se podría decir que el 99% de los médicos se las ha hecho alguna vez. Somos humanos, tenemos buenas y malas temporadas, pero la diferencia está en cuales preferimos enfocarnos.

El victimismo, la dramatización y la terribilización son la gran epidemia de los estudiantes de medicina. Cuanto más tiempo las ostentes, más difícil será desprenderte de ellas. Acaban por convertirse en indiferencia y apatía hacia una profesión tan bonita como la del médico. El propósito consiste volver a recuperarlo. En esta vida el entusiasmo y la racionalidad llevan mucho más lejos.

Creo tener mi corazón divido en dos: Medicina y Literatura. Sin duda, la primera es mi carrera de elección, la segunda es la herramienta.

Actualmente me desempeño como Asistente en el Departamento de Bioanálisis Clínicos en el Centro de Investigaciones Biomédicas Genoma Lab.

También trabajo como Parcial Sanitario en un Cuartel Militar. El Grupo de Artillería y Campaña 215 "Coronel Miguel Antonio Vázquez".

Soy voluntario a la fundación "Dr. Sonrisa - Payasos de Hospital". El trabajo de Robin Williams en "Patch Adams" me generó la idea de la risoterapia. Eso lo pude hacer por primera vez aquí, en la fundación.

Y esto, a lo que he llamado Ácido sin Ribonucleico, es fruto de una buena decisión. Un proyecto donde se pretende transmitir y divulgar una filosofía en constante cambio, pero de principios sólidos: "una visión entusiasta y coherente de la vida es posible".

Escribiré disparates y cuentos.

A mi manera.

 Wilander Dávila.
El de las gafas y las cejas.